sábado, 30 de abril de 2011

EL ÚLTIMO BESO

Ya entra el sol por un resquicio accidental de la persiana, resquicio que casualmente encaja de manera casi siniestra con otro pequeño espacio entre las dos cortinas que sostenían la tácita oscuridad de esta estancia.
No sonó el despertador, no hizo falta. Hoy los tiempos, las pautas, las reglas; se dan por sabidas o quizá por inexistentes.
Despertamos inertes, abrir los ojos (última frontera del día) es hoy banal, sabiendo como sabemos lo que está a punto de suceder.
Al unísono, como casi siempre (como casi nunca) estamos frente al espejo, armados, llenando de pasta de dientes nuestros respectivos cepillos, suaves, débiles y ajenos.
Saturamos de certeza aquel utensilio como si pudiera salvarnos, como si aquellas blancas fibras y aquel mango de plástico duro, pudiese con su frotar embellecer de algún modo aquel futuro inminente, aquel acordado desastre.
El sabor era fuerte, hiriente como la colisión de nuestras bocas con el glaciar equidistante que las separa, como el naufragio de unos dientes que nada saben de choques. La menta maquilló aquella muerte como una verdadera virtuosa; intentó endulzar esa carnosa despedida, altiplanar aquel beso de acantilado, el último; con un  sabor a nada. Como un hielo, caliente.
Me di cuenta que soñar con despertar y dar un último beso no se parece en nada a despertar y dar un último beso. Quizá no lo soñé, quizá no desperté, quizá no era el último.

No hay comentarios:

Publicar un comentario