sábado, 30 de abril de 2011

El charco

No sé cuanto tiempo hace que me metí de lleno en este charco, desconozco desde cuando llevo chapoteando dentro de este pequeño y mugriento lago…
Sé que un día quise saltarlo, recuerdo también como una parte de mí se moría por bañarse en él, como si se tratase del mayor de los océanos, como sí quizá al otro lado se encontrase el mar…
Y entonces te besé entre delirios febriles de una fiebre que me pesaba en los párpados.
Qué calentita está el agua, pensé, la suciedad se desvaneció volviéndose para mis ojos agua pura de cristalinas sinuosidades.
Te besé largo tiempo, tiempo perdido, recuperado o nuevo… no lo sé bien…
Salpiqué los alrededores sin pensar que estaba vaciando el charco con mi ímpetu y mi alegría.
Estaba dejando seco la maloliente balsa en la que me hallaba feliz y leve.
Te estaba besando, como si pudiera enamorarme, como si no fuera aquello un absurdo disparate.
Pero que bien me sentía en aquella laguna de peces y poetas abandonados, podía oír mi corazón por duplicado, dos latidos exaltados en un flotar bífido.
No sé cuanto tiempo hace que puse mi pie descalzo en este charco, desde que te besé y me besaste en ese tiroteo sin balas; desconozco desde cuando llevo en este humedal sin redención.
Sé que hoy quiero saltarlo.

EL ÚLTIMO BESO

Ya entra el sol por un resquicio accidental de la persiana, resquicio que casualmente encaja de manera casi siniestra con otro pequeño espacio entre las dos cortinas que sostenían la tácita oscuridad de esta estancia.
No sonó el despertador, no hizo falta. Hoy los tiempos, las pautas, las reglas; se dan por sabidas o quizá por inexistentes.
Despertamos inertes, abrir los ojos (última frontera del día) es hoy banal, sabiendo como sabemos lo que está a punto de suceder.
Al unísono, como casi siempre (como casi nunca) estamos frente al espejo, armados, llenando de pasta de dientes nuestros respectivos cepillos, suaves, débiles y ajenos.
Saturamos de certeza aquel utensilio como si pudiera salvarnos, como si aquellas blancas fibras y aquel mango de plástico duro, pudiese con su frotar embellecer de algún modo aquel futuro inminente, aquel acordado desastre.
El sabor era fuerte, hiriente como la colisión de nuestras bocas con el glaciar equidistante que las separa, como el naufragio de unos dientes que nada saben de choques. La menta maquilló aquella muerte como una verdadera virtuosa; intentó endulzar esa carnosa despedida, altiplanar aquel beso de acantilado, el último; con un  sabor a nada. Como un hielo, caliente.
Me di cuenta que soñar con despertar y dar un último beso no se parece en nada a despertar y dar un último beso. Quizá no lo soñé, quizá no desperté, quizá no era el último.

viernes, 29 de abril de 2011

FOTOSÍNTESIS INVERSA

Un pequeño homenaje a la primavera y sus vaivenes que alteran algo más que la sangre...

En los más inolvidables paisajes
envejecer será quizá
como un enorme abrazo,
falto de luces y de disfraces.
El parto de final feliz,
el embarazo,
de recuerdos almidonados,
de póstumos gametos,
y analfabetos escritores
que siempre dicen algo.
Bajo la piel húmeda y leve
de los ojos,
tras el aletear escabroso
de los pájaros,
en la competición agónica
de las gotas,
allí, lejos, te sigo viendo.
Se me hacen cuesta arriba las bajadas
y trepo cuando cuelgo de tus ramas
de mis ramas,
de nada.
Déjame al menos
explicar mi disléxica sintaxis
decirte sólo que no sé
decirte, sólo eso.
Que te fotosintetizan a la inversa
las amapolas de mi cerebro.
y las copas de vino están ya ebrias
cuando las beso,
y los insectos tullidos
salen, hoy, del bar ilesos.
¿y yo?
-Yo sólo eso
¿y tú?
“Mejor seguir”,dicen los consejos,
“zurciendo imaginaciones
de carne y hueso”.
Víboras de lo incierto
Incertidumbre de tintineos.
Bajo lo poroso de la roca
la endurecida esponja del deseo
se deja exprimir dócil
y las lágrimas emprenden ya,
la tímida retirada,
la marcha fúnebre,
el regreso.